Los desastres del movimiento antivacunas

AUTOR: Samuel Domínguez

Triste pero cierto. Los números mostrándonos la cara menos amable de la realidad. De nuevo las cifras cantándonos las verdades del barquero y, con ellas, la inagotable estupidez e irracionalidad humanas.
Y es que cuesta imaginar cómo las muy egoístas campañas antivacuna están logrando que vayamos hacia atrás en la vieja Europa y Estados Unidos. Respecto a los últimos, hace apenas unos días supimos de un nuevo brote de sarampión cuyo epicentro se encontraría en los parques de Disney de California, donde más de 90 niños contrajeron la enfermedad, la inmensa mayoría por no haber recibido la triple viral.

En cuanto a Europa, sabemos que tampoco soplan vientos favorables desde hace algún tiempo. A saber, en relación al sarampión, hemos pasado de 27.134 casos en 2012, a 31.520 en 2013, mientras que en lo que a la rubeola se refiere...

hemos pasado de los 29.601 casos a los 39.367 en el mismo periodo de tiempo, según se sustrae del estudio llevado a cabo por la Oficina Regional para Europa de la OMS, publicado en la revista Clinical Microbiology and Infection.

Claro que el asunto no pasaría de lo anecdótico si no fuera porque hablamos de dos enfermedades infecciosas para las cuales no existe tratamiento específico salvo la inmunización. Además, se trata de dos virus con una enorme capacidad para transferirse por vía aérea, razón por la cual siguen muriendo más de 120.000 personas al año, principalmente niños de países en vías de desarrollo. Es más, de acuerdo al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), hasta 1 de cada 200 niños infectados por sarampión contrae neumonía y 1 de cada 1.000 llega a desarrollar una encefalitis concomitante que puede derivar en sordera o retraso mental en el niño. En cuanto a la rubeola, ésta puede cursar con complicaciones como orquitis, neuritis y encefalopatía, aunque el mayor de los peligros es el de una posible rubeola congénita por infección de la madre durante el embarazo, de tal modo que el feto pudiera nacer con secuelas tales como la pérdida auditiva, problemas cardiacos, retraso psicomotor y mental. Y todo, claro está, por una moda irresponsable. Tan irresponsable que ambas vacunas llevan más de 40 años ofreciendo protección a largo plazo con una eficacia superior al 95%, como veremos más adelante.

Volviendo al estudio publicado, vemos cómo respecto a la rubeola, el 98% de los casos tuvo lugar en Polonia (n= 38.585), de los cuales el 83% no estuvo vacunado.  De los infectados no vacunados, un 19% tuvo lugar entre la franja de los 10-19 años de edad y un 47% en mayores de 20 años. En cuanto a la importación de la enfermedad, sólo un 1% de los casos totales fue importado, lo que pone foco en el peligro que supone para la población la existencia de bolsas poblacionales no inmunizadas dentro de una misma comunidad. Huelga subrayar que en agosto de 2013, tuvo lugar un brote de rubeola en Holanda, en el que se infectaron 1.226 individuos no vacunados pertenecientes a una comunidad ortodoxa de protestantes. Este hecho, el de las comunidades no vacunadas, es una constante a la hora de producirse un determinado brote en según qué grupos ajenos al riesgo de la no inmunización. De igual, en 2012 se produjeron 50 casos en una comunidad de antroposóficos de Suecia, una corriente pseudomédica más ligada a la mística y la chamanería que a la ciencia.

En cuanto al sarampión, la mayoría de los casos tuvo lugar en Georgia (25%), Turquía (23%), Ucrania (10%), Holanda (8%), Italia (7%), Rusia (7%), Reino Unido (6%), Alemania (6%) y Rumania (3%). De todos los casos, el 10% tuvo lugar en individuos entre los 10-14 años de edad, siendo otro 10% entre los 15-19 años y, lo más preocupante, un 34% entre mayores de 20 años. Notable el caso de Italia, en el que la franja de mayores de 20 años llegó a abarcar hasta un 59% de todos los casos reportados. En cuanto a las muertes, una tuvo lugar en España durante 2012, tratándose de un varón de 36 años; y siete se produjeron en 2013, repartidas entre Georgia, Holanda, Rumania, Turquía y Reino Unido. Sólo un 1,7% de los casos fue importado de otros países, por lo que se repite el corolario del caso anterior.

Pero, ¿cómo hemos llegado a todo este sinsentido? ¿Por qué después de haber logrado erradicar por completo enfermedades como la viruela en menos de 200 años desde el nacimiento de su vacuna seguimos sumidos en las cavernas del misoneísmo y el irracionalismo más medieval? Para salir del dédalo debemos tirar del hilo hasta volver al origen mismo de la Historia de la vacunación.

Fue a finales del siglo XVIII cuando el padre de la inmunología, Edward Jenner, terminaría de armar el devastador puzzle de la viruela tras sus sesudas observaciones. Comprendió de este modo cómo aquellos campesinos que vivían en estrecha relación con una variante menor de la viruela, propia de las vacas que ellos mismos ordeñaban parecían estar inmunizados contra la enfermedad. De ahí mismo vendría la propia palabra vacuna, pues hablaban de viruela vacuna. Jenner demostró que podía llegar a proteger a un niño contra la viruela si lo infectaba con la linfa de una ampolla de viruela vacuna. En concreto, la de las ampollas de una lechera llamada Sarah Nelms. De este modo tuvo lugar la primera vacunación en sentido estricto, siendo su conejillo de indias un niño de ocho años que pasaría a la historia: James Philips. Comenzaba así una auténtica batalla contra una enfermedad que por entonces diezmaba hasta al 10% de la población mundial, produciendo una de cada tres muertes en niños. De ahí que Edward Jenner sentenciara: «La aniquilación de la viruela, el azote más terrible de la especie humana, debe ser el resultado final de esta práctica». No en vano, la enfermedad había acabado entonces con más de 300 millones de personas hasta que, con el correr de los años y la vacuna institucionalizada, en 1980 sería oficialmente declarada como erradicada en el mundo por la OMS, teniendo lugar el último caso en un hospital de Somalia allá por 1977. Al abrigo de tamaño éxito veríamos tres años después el triunfal «Smallpox is dead!» (La viruela ha muerto) lanzado a los vientos por la OMS. La predicción de Edward Jenner fue certera. La ciencia triunfó, barriendo en dos suspiros a una de las enfermedades más terribles y dramáticas sufridas por el ser humano.

Claro que, paralelamente a la expansión de la vacuna de la viruela, otras muchas más enfermedades eran atajadas mediante su correspondiente inmunización: poliomielitis, paperas, malaria, difteria, tétanos, tos ferina, sarampión, paperas, rubeola, etc. Y fue precisamente al abrigo de varias de ellas que acabaría por reforzarse el movimiento antivacuna. En concreto, gracias a la vacuna DTP (difteria, tétanos y tos ferina) y la triple viral (MMR o SPR en español - sarampión, paperas y rubeola).

En relación a la DTP, sus primeros opositores aparecieron allá por 1970, principalmente en el Reino Unido, después de un informe presentado por un hospital de Londres que reportó 36 casos de niños que habían sufrido encefalopatías después de recibir la vacuna DTP –recordemos en este punto que correlación no implica causalidad–. El amarillismo periodístico tan británico, la televisión y las ansias de portadas hicieron el resto. Claro que, como suele ocurrir en estos casos, la prensa fue por un lado y la ciencia por otro muy diferente; pero el daño ya estaba hecho. Las asociaciones  antivacuna encontraron caja de resonancia en los medios de comunicación, logrando de este modo que las tasas de vacunación disminuyeran. Fue entonces cuando la ciencia se vio obligada a poner la razón sobre la mesa, después de tres brotes epidemiológicos importantes de tos ferina fruto de esa merma en la inmunización. El 7 de octubre de 1978 era publicado en la prestigiosa British Medical Journal el Estudio Nacional sobre Encefalopatía Infantil, el cual identificó a niños entre 2 y 36 meses hospitalizados en el Reino Unido a fin de tratar de establecer una posible relación causal entre la DTP y la encefalopatía. Un tercio de los niños con defectos neurológicos persistentes y dos tercios de aquellos que fueron recuperados tuvo antecedentes de una infección aguda al ingreso o durante las cuatro semanas anteriores. Sólo unos pocos de los niños que presentaron encefalitis y otros daños neurológicos resultaron haber sido vacunados dentro de los 28 días anteriores, no pudiendo existir así relación causal. Años más tarde, en noviembre de 1993, se publicó un nuevo estudio con los resultados del seguimiento realizado durante los años posteriores al mismo grupo de niños del Estudio Nacional sobre Encefalopatía Infantil, con sus correspondientes grupos control. Las conclusiones del mismo fueron rotundas: «el papel contra la vacuna de la tos ferina como un factor primario o concomitante en la etiología de estas enfermedades no puede ser determinado en casos individuales. El balance de posible riesgo frente a los beneficios conocidos de la inmunización contra la tos ferina apoya el uso continuado de la vacuna».

No obstante, ha sido mucho lo que se ha escrito y manipulado a la hora de informar sobre los riesgos que pudieran derivarse de la DTP. Muy a menudo incluso utilizando ardides y mañas de muy baja categoría humana. Para muestra, uno de nuestros más fervorosos y conocidos antivacuna llegó a publicar –entre otras muchas mentiras–  que «algunos estudios nos muestran que los niños mueren con una frecuencia ocho veces mayor a la normal durante los tres días siguientes a la administración de la DTP». Recuerden ese dato: ocho veces. Para sostener semejante acusación, cualquier persona implicada con la salud ha de apoyar sus atrevidas sentencias con datos y estudios que lo demuestren. El problema es que este hombre hace una interpretación bastante mezquina de las cifras. En efecto, cita un estudio publicado en 1987 en la American Journal of Public Health. Pero, ¿qué dice realmente el estudio? «Encontramos que la tasa de mortalidad por muerte súbita del lactante en el periodo de cero a tres días tras la DTP fue 7,3 veces mayor que en el periodo que comenzaba 30 días después de la vacunación. La tasa de mortalidad de los lactantes no vacunados fue 6,5 veces la de los lactantes vacunados de la misma edad. Y no sólo eso, sino que incluso llega a redondear a 8 en su obra, cuando lo que realmente dice el estudio es que la mortalidad de los lactantes no vacunados fue 6,5 veces superior a la de los lactantes vacunados de la misma edad. Señores, ¡los no vacunados! ¿Maledicencia o simplemente problemas parvularios con el inglés? Así las cosas, ¿sabrán los seguidores de la Liga por la Libertad de la Vacunación qué tipo de impostor mueve los hilos del rebaño? Claro que, por otro lado, no está de más recordar que desde la década de los 90, se dejó de usar la DTP para comenzar a aplicar la DTaP (difteria, tétanos y tos ferina acelular); es decir, una vacuna que en lugar de usar células enteras del germen de la tos ferina usa trozos pequeños y purificados. Por lo que el discurso queda fuera de lugar.

Pero si existe un personaje siniestro en toda esta historia de los movimientos antivacuna, ese es sin ningún género de dudas Andrew Wakefield, famoso por trenzar un vínculo entre la triple viral MMR (sarampión, paperas y rubéola) y la aparición de autismo en los niños vacunados. Para conocer al personaje, hemos de seguir avanzando en la historia hasta situarnos en 1998, año de la película de los 11° Oscar.

Fue por entonces cuando la prestigiosa revista médica The Lancet publicó un trabajo titulado Hiperplasia ileal linfoide-nodular, colitis inespecífica y el trastorno generalizado del desarrollo en los niños. En el mismo, Wakefield y su equipo estudiaron a 12 niños que fueron inmunizados con la triple viral MMR, una muestra ya de por sí bastante baja. De ellos, doce presentaron anormalidades intestinales; nueve, autismo; dos, encefalitis postviral; y uno, psicosis. Unos datos que, vistos de este modo, ciertamente parecerían aterradores. Sin embargo, la historia no fue tal. En primer lugar, hemos de señalar en este punto algo que quizás no todos los recentales antivacuna tengan del todo claro. Cuando un equipo lleva a cabo un estudio científico y es publicado, en la misma publicación debe aparecer de un modo lo suficientemente claro la metodología aplicada, resultados, conclusiones, etc. Una de las razones por las que es tan importante la exposición de la metodología es la de prever la existencia de ciertos sesgos que distorsionen los resultados obtenidos y otra garantizar que éstos resultados puedan ser reproducidos por otro equipo interesado en estudiar un determinado fenómeno. Es decir, dicho de un modo más sencillo, un estudio por sí mismo no demuestra nada mientras que sus resultados no sean replicados. En el caso de Wakefield, se sumó ya al hecho de trabajar con una muestra demasiado pequeña el que sus resultados no pudieran ser reproducidos por otros equipos de trabajo. Más al contrario, en 2009, una investigación llevada a cabo por Brian Deer demostró que los datos habían sido alterados, de modo que sólo a uno de los doce niños se le diagnosticó realmente autismo, mientras que a otros cinco ya se les había diagnosticado problemas intestinales antes de comenzar el estudio. Además, se da la circunstancia de que los doce niños fueron elegidos no aleatoriamente, sino que pertenecían a familias implicadas con los movimientos antivacuna –lo que supone un sesgo de selección–. Tan es así, que la financiación misma del estudio fue llevada a cabo por una junta legal que buscaba elaborar pruebas con las que pudieran sostener un posible litigio convocado contra determinadas farmaceúticas por parte de padres que creían que sus hijos habían sido perjudicados por la vacuna, lo cual pone de relieve la existencia de fuertes conflictos de intereses. Por tanto, sabemos hoy día que las conclusiones fueron elaboradas a priori a fin de obtener los resultados deseados. No cuesta entender por qué otros equipos no fueron capaces de obtener los mismos resultados en sus trabajos. Lisa y llanamente, todo fue un fraude urdido desde el principio. El guardabosques convertido en cazador furtivo. Yendo aún más lejos, se supo también que llegó a recibir financiación para tratar de replicar sus resultados en un nuevo trabajo con 150 pacientes, en lugar de los 12 de su primer estudio. Proposición que rechazó, aludiendo a que su libertad académica podría verse comprometida. Con estos mimbres, The Lancet no tardaría en retirar el artículo de Wakefield, reconociendo así que el cirujano actuó de mala fe. De igual, el Consejo General Médico de Reino Unido le prohibió seguir ejerciendo en su país por actitud deshonesta, siendo eliminado del registro de médicos. Por si fuera poco, el ya ex-cirujano planteó la idea de elaborar un kit diagnóstico a fin de reconocer una enfermedad inexistente y con que el estimaron unos beneficios de más de 33 millones de euros al año con su comercialización.  Así pues, el fraude adquiría unas dimensiones ciclópeas. De ahí que llegaran a comparar su fraude con el del hombre de Piltdown, aquella tramoya de comienzos del siglo XX según la cual habrían hallado el eslabón perdido. Así las cosas, poco tiempo después de destaparse la trama, el British Medical Journal sentenciaría: «las pruebas claras de la falsificación de datos deben ahora cerrar la puerta definitivamente al pánico tan dañino sobre los efectos de esta vacuna».

El problema es que entre un hecho y el otro –la publicación del estudio y su desmoronamiento–, pasaron unos años durante los cuales crecieron los movimientos antivacuna como los hongos después de la lluvia.  En el Reino Unido, las vacunaciones de la triple viral descendieron por debajo del umbral recomendado por las autoridades sanitarias para garantizar y mantener la inmunidad comunitaria. Tocaba de nuevo andar lo desandado. Claro que, por otro lado, y como es previsible, el movimiento antivacuna –de suyo irracional– no es que pueda caracterizarse por sus virtudes intelectuales. De hecho, uno de sus máximos exponentes en los Estados Unidos fue la pareja Jim Carrey y su esposa, la conejita de Playboy Jenny McCathy, una mujer que alternaba los desnudos y la silicona con los discursos antivacuna, ya que el trabajo de Wakefield le sirvió para acusar a la triple viral MMR de ser la culpable del autismo de su hijo. Un autismo que no fue tal cosa, como conocimos en 2008, pues los médicos sentenciaron que su hijo Evan fue diagnosticado erróneamente, y no que su buena madre lograra su curación mediante chamaneríaas alternativas, como alegremente preconizaba la vestal de Hugh-Hefner. Claro que ello no fue óbice para que siguiera trabajando activamente con su propia organización, Generation Rescue, la cual sigue a lo suyo; es decir, vender el miedo a la triple viral. En el pecado llevarán la penitencia.

No obstante, y para acabar de zanjar el tema de la inexistente relación entre la triple viral MMR y el autismo, decir que son muchos los estudios que han negado tajantemente la existencia de dicha causalidad. No obstante, en junio de este mismo año se publicó el azote definitivo, lo que debiera desarmar la quimera antivacuna de una vez por todas. Hablamos del trabajo de Guy Eslick, de la Universidad de Sidney, publicado en la revista Vaccine. Se trata de un metaanálisis en el que revisaron más de mil estudios, incluyendo estudios de cohortes y de casos y controles –más fiables–, abarcando a casi 1,3 millones de niños de Reino Unido, Dinamarca, Estados Unidos, Japón y Polonia. Las conclusiones del mismo fueron bastante diáfanas y reveladoras. A saber: «los resultados de este metaanálisis sugieren que las vacunas no están asociadas con el desarrollo de autismo o trastorno del espectro autista».

Hasta el momento, hemos analizado dos de las controversias más recientes en relación a las vacunasque han alimentado los movimientos y asociaciones antivacuna a fin de mantener vivas sus irracionales campañas. Sin embargo, nos queda un tercer elemento de andamiaje que ha venido sosteniendo durante mucho tiempo sus acaloradas campañas: el timerosal.

Desde la década de los '30, el timerosal fue usado como conservante en los viales multidosis a fin de evitar la proliferación de bacterias y hongos, ya que al contener mercurio, éste actuaba impidiendo el crecimiento de los mismos. Y es que por aquellos tiempos aún no existían las vacunas monodosis, de modo que el clásico gesto de clavar la jeringa en la tapa de la ampolla era repetido sucesivamente, favoreciendo de este modo la incorporación al medio de agentes patógenos desde el exterior, lo que no pocas veces traía resultados fatales. Es por ello que acabaron por recurrir a un agente conservante como el mercurio que garantizara la esterilidad del producto. Y, claro, allá donde esté presente el mercurio, estará el foco de la polémica. Sin embargo, es conveniente hacer fonda en el camino a fin de aclarar un par de cosas en relación al mismo. El mercurio es un elemento que podemos encontrarlo actualmente de diversas formas: en la atmósfera en su forma metálica; en determinados residuos y vertidos como elemento inorgánico; y en ciertos pescados en su versión orgánica. Ahora bien, ¿son todos iguales para nuestro organismo? Rotundamente no. De hecho, la absorción de compuestos inorgánicos de mercurio no es excesivamente importante, siendo del orden del 7%. Por el contrario, más del 90% del mercurio que incorporamos lo hacemos en su forma orgánica. Cuando se llevan a cabo los vertidos industriales al mar, el mercurio vertido como residuo se halla en su forma inorgánica. El problema es que los peces –sobre todo los túnidos– metilan dicho mercurio inorgánico gracias a los microorganismos presentes en sus branquias, produciendo de este modo metilmercurio; es decir, su forma orgánica. Este metilmercurio es el realmente tóxico para el ser humano, pues se absorbe y distribuye con facilidad hacia el sistema nervioso central dada su liposolubilidad, siendo capaz de atravesar la barrera hematoencefálica. Además, encuentra facilidad para acumularse por largo tiempo en el tejido adiposo e hígado. Así pues, vemos de qué modo el problema real en relación al mercurio se halla en los vertidos industriales y el fenómeno de bio-magnificación por el cual acaba produciéndose un incremento sostenido en las concentraciones de mercurio en la cadena trófica marina, incidiendo en su bioacumulación en los seres humanos como metilmercurio. De hecho, en 1953,  una fábrica de ácido acético de la bahía de Minamata, en Japón, causó más de 50.000 afectados y 2.000 casos de enfermedad de Minamata. Por suerte, la realidad hoy en día es muy diferente a la de entonces, entre otras cosas gracias a la biorremediación, con la que se consigue reducir la cantidad de mercurio orgánico mediante bacterias, enzimas o plantas. En 2012 la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) marcó una IST (ingesta semanal tolerable) de 1,3 µg/kg de peso corporal de metilmercurio, manteniendo la de mercurio inorgánico en 4 µg/kg.

Pero, ¿por qué hemos acabado hablando del mercurio, la metilación por los microorganismos, Minamata y otros? Pues porque conviene tener muy presente y conocer el modo en que el mercurio afecta a nuestro organismo según la forma en la que se encuentre a fin de evitar burdas generalizaciones que no conducen más que a la confusión del público general. Aún así, ¿qué tiene que ver todo esto con el timerosal de determinadas vacunas? Pues muy sencillo: el mercurio que hallamos en el timerosal no es metilmercurio, sino etilmercurio, un catión fácilmente desechable por el organismo. Así pues, la vida media del etilmercurio en sangre es realmente corta, teniendo una excreción activa a nivel intestinal que evita su bioacumulación, incluso en lactantes de bajo peso al nacer. Y volvamos a incidir en que la polémica ha venido entibándose en la falsa creencia de que la toxicidad del metilmercurio y el etilmercurio es la misma, ignorando que la farmacocinética de los mismos es muy diferente, pensando así  que gracias al timerosal podrían superarse los umbrales de acumulación recomendados para el metilmercurio. Por tanto, como diría el castizo, los antivacuna oyeron campanas sin saber dónde. Por si fuera poco, el timerosal no es usado ya como conservante en sentido estricto, sino como inactivador, aplicándose en concentraciones ínfimas, generalmente menores a los 0,5 µg/dosis. En otros muchos casos ni siquiera es usado ya. De ahí que el Comité Consultivo Mundial sobre Seguridad de las Vacunas dejara claro que no existe peligro en relación al timerosal.

Así las cosas, vemos cómo todos aquellos elementos de andamiaje sobre los cuales se levanta el débil y trémulo movimiento antivacuna no son más que hojarasca seca, la triste estampa de aquellos que en nombre del miedo y el irracionalismo trataron de imponer entre los más débiles el temor a algo que vino para sumar y no para restar. Rásquese un poco bajo el barniz de la charlatanería victimista y ramplona de aquellos que vienen preconizando las virtudes de la no vacunación y aparecerán los incontestables intereses del grupo: Wakefield, Uriarte, Jenni McCarthy, nuestra visionaria madre Forcades, revistas y documentales, etc. Todos encontraron en un momento u otro su lumbre y hogar en un movimiento impostado de cabo a rabo, sostenido por la mentira más burda y  desacomplejada. Rara vez la cultura del miedo no ha enriquecido a unos pocos iluminados; pero en este caso, los resultados de la misma están sobrepasando la línea roja. Hablamos de Salud Pública. Es el momento de que la sociedad como conjunto dé el golpe sobre la mesa. A fin de cuentas, los que se tuvieron por gigantescas torres no resultaron ser más que un mísero buñuelo de aire vacío. Como dijera el gran Revel, «la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Es hora de girar en sentido contrario. Los números no pueden seguir sumando.

Fuente y referencias

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