¿Cómo desvirtuar los mitos que han estigmatizado las vacunas?

"La falsa asociación de una vacuna a una enfermedad tiene consecuencias desastrosas para su aceptación social y para la salud pública", asegura el doctor Juan José Picazo, Jefe del servicio de Microbiología Clínica del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. "No existe el debate científico, lo que pasa es que la estupidez está implícita en el ser humano y los sapiens somos propensos a creer en teorías de la conspiración", apoya su colega, el doctor Josep Artigas Pallarés, Jefe de Neuropediatría del Hospital de Sabadell.

A lo largo de la historia, son muchos los casos en los que la falsa vinculación de una vacuna a una enfermedad ha provocado alarma social y rechazo de la población a la prevención de ciertas enfermedades, una reacción que ha terminado resultando muy cara. Uno de los más flagrantes fue el caso de la vacuna triple vírica (MMR, que previene las paperas, el sarampión y la rubeola), que se vinculó con problemas gastrointestinales y con un retraso mental muy similar al autismo. En 1998, la revista The Lancet publicaba un estudio del especialista en Gastroenterología Andrew Wakefield que evidenciaba esta relación; automáticamente, la vacunación descendió cerca de un 80%.

Según Wakefield, de los trece niños que participaron en el estudio, nueve sufrieron episodios nerviosos relacionados con el autismo tras recibir la vacuna, unas evidencias muy reducidas que las autoridades sanitarias intentaron contrarrestar, pero que provocaron que miles de niños no fueran vacunados por el miedo de sus padres. En 2004, el periodista de The Times Brian Deer develó que el estudio resultó ser un fraude orquestado por Wakefield, que había recibido financiación de abogados que pretendían, a posteriori, demandar a las farmacéuticas y había manipulado los datos para atacar a la vacuna.

A pesar del eco que tuvo esta demostración, no fue tanto como el que consiguió el trabajo de The Lancet (que, por cierto, se retractó), lo que provoca que aún hoy en día "la caverna siga insistiendo", como dice Artigas. Este especialista en Trastornos del Espectro Autista (TEA), que acudió al I Foro de Análisis y Discusión sobre vacunas, celebrado en junio en Calatayud (Zaragoza), se lamentaba del "canto de sirenas" de algunos profesionales de la medicina que todavía dudan de la relación entre la vacuna triple vírica y el autismo. Pero éste no es el único caso, aunque sí uno de los más mediáticos.

En 2004, un estudio (publicado en Neurology por un investigador español) recuperaba una discusión médica de hacía una década y planteaba nuevamente un posible efecto de la vacunación contra la Hepatitis B en la aparición de Esclerosis Múltiple (EM). El debate original había llegado incluso a provocar en 1998 que el Ministerio de Sanidad francés suspendiera temporalmente el programa escolar de vacunación de adolescentes contra la hepatitis B y, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) demostró que no existían evidencias, en 2004 volvieron a saltar las alarmas. Nuevamente las autoridades sanitarias ‘desmontaron’ la teoría asegurando que los datos recabados por ese estudio eran "insuficientes" para respaldar la hipótesis que vinculaba la vacuna contra la Hepatitis B con la Esclerosis Múltiple.

Muchas otras teorías han relacionado a lo largo de los años otras vacunas con ciertas enfermedades, como la DTP (de difteria, tétanos y tos ferina) con encefalopatías y convulsiones febriles, o la de la poliomielitis con el VIH o el cáncer. Pero, la mayoría de la comunidad médica y científica coincide en desechar estos casos residuales (por muy ruidosos que fueran algunos) e insistir en la importancia de la vacunación. "La vacuna es la medida de salud pública que más muertes ha evitado después de la potabilización del agua", recuerda.

Por Liliana Abad

http://www.elconfidencial.com

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